El Ojo del Cíclope ∞ POR SONDEMER ∞ (relato)


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EL OJO DEL CÍCLOPE

 

El ojo del Cíclope

En la ciudad donde yo pasaba los veranos habitaba un cíclope. Era un gigante muy viejo, de piel rugosa, gris y apagada, que vivía casi inmóvil en una de las plazas de aquella ciudad pequeña. Con los primeros rayos de sol de la anémica primavera de la región comenzaba el despertar del único ojo que tenía y en verano, estaría observándolo todo. Sus párpados de madera crujían al desperezarse después del invierno frío y seco y apenas podían pestañear enredados en finísimas telarañas.

Aquel gigantón sobrevivía gracias a mi tía abuela, que lo alimentaba y cuidaba. Ella se afanaba en limpiar todas las legañas de su ojo y con delicadeza enjugaba sus lágrimas en las primaverales tardes de lluvia. Con especial cuidado abría o cerraba su párpado si era de día o de noche, o lo entornaba para evitar que el potente sol de mediodía dañara su pupila y, cuando el mes de junio llegaba, templando las calles de la ciudad, el gigante había recobrado plenamente vida y posaba su mirada en cualquier persona, animal u objeto que atravesara la plaza que él custodiaba.

De esta manera, con su inquisitorio iris, contemplaba al camión que recogía la basura al anochecer, al que regaba las calles al alba, al panadero que madrugaba; al galgo escuálido que deambulaba olisqueándolo todo, a las palomas que surcaban el cielo y en ocasiones osaban a posarse en sus párpados; a los que salían de misa, a los que acudían al mercado, a los que se detenían a charlar o paseaban bajo los soportales; a los jóvenes provocadores con sus risas, a los ancianos que compartían años en las tertulias, a los niños que contaban las baldosas de la plaza o corrían en busca de chucherías; al carrito del helado, a Don Fernando que vendía zapatos en la tienda de la esquina, a Don Isidro que recibía a las clientas ante la puerta de su mercería y, como dotado de un potente telescopio, descubría las colillas humeantes en el suelo, los papeles de caramelo abandonados, los chicles pegados al asfalto, las cáscaras de pipas, los orines de los perros, las migajas desperdigadas, los escupitajos, los palillos, las pelusas, las canicas perdidas… Pero los habitantes de la ciudad apenas percibían que aquel gigante viejo y cansado que habitaba con ellos vigilaba sus movimientos con su ojo enorme y fisgón.

El cíclope cotilleaba las andanzas de todos los ciudadanos que cruzaban la plaza e intuía sus vidas. Imaginaba historias que amainaban su tedio en tantas tardes de soledad. Solía fantasear con apasionadas historias de amor entre cualquiera de los habitantes y descifraba los gestos y miradas que acreditaban sus invenciones. Así creía que Doña Leticia, que llevaba viuda varios años bajaba a misa todas las tardes para encontrarse con Don Ramón, que había vivido siempre enamorado de ella. Otras veces suponía historias de adolescentes que paseaban juntos muy en contra de sus respectivas familias, enfrentadas eternamente por problemas de tierras. También observaba con envidia, los alocados besos que Manuel le daba a la dependienta de la pastelería, cuando pasaba a recogerla al cerrar el establecimiento o fantaseaba con turbulentas tramas políticas entre el alcalde y sus concejales. Aseguraba que el trasiego que había en la mercería no era fruto sólo de la venta de agujas, hilos y dedales, sino que algo más extraño acontecía en su interior. Pensaba que se trataba de algún trapicheo de falsificaciones pues D. Isidro viajaba mucho y se le veía llegar de madrugada en la furgoneta con un hombre extranjero, levantar la persiana de la tienda con mucho sigilo e introducir cajas y cajas enormes, que no podían contener sólo cintas e imperdibles. El cíclope le había observado en alguna noche de calor y luna llena, cuando no conseguía dormir. Aquel gigantón estaba seguro de que, detrás de aquella apariencia de vida sosegada y provinciana que tenía la ciudad, se ocultaban misterios y complicadas existencias que alimentaban su curiosidad e interés.

Más, a pesar de que solía estar atento a cada movimiento que ocurría en la plaza, a veces sucumbía al sopor, y en las tardes de calor o al anochecer, entornaba sus párpados de madera y perdía por completo la conciencia sumiéndose en un profundo sueño que le apartaba por unas horas de la actividad y agitación de aquel pueblo. Cuando despertaba, solía gruñir y murmurar. Entonces, se desentumecía lamentando haberse dormido, porque pensaba que el sueño era para el invierno, cuando no pasaba nada y se azaraba imaginando que se habría perdido algún avatar del verano.

Con los años cada verano se le hacía más pesado. Se estaba haciendo muy viejo y constantemente sus huesos crujían. En su piel se habían hecho unas grandes grietas imposibles de cerrar. Mi tía no conocía remedios para curar aquellas heridas y los especialistas que le habían visitado opinaban que no eran importantes y eran causa de la edad. También mi tía envejecía y, a veces, olvidaba por la noche ayudar al gigante a cerrar los párpados de su enorme ojo. Pero al cíclope no le importaba porque esas noches disfrutaba de la clara luz de la luna que se filtraba por las callejuelas y plateaba su rostro. Y entonces no se veía tan viejo. Además la ciudad, aunque perdía el ajetreo del día, se vestía de un misterio especial y reservaba acontecimientos más interesantes para expiar: paseos furtivos de amantes, gentes entrando y saliendo de bares, trifulcas de borrachos, solitarios buscando compañía, cucarachas desorientadas, gatos husmeando entre basuras, lectores al abrigo de lámparas de medianoche, insomnes fumando en la ventana…

Pero un año algo cambió la rutina de todos los veranos. Mi tía abuela murió una noche al comenzar el otoño en la que sí había cerrado los párpados del gigante. Y a la mañana siguiente nadie ayudó al cíclope a abrir su gran ojo. Advirtió mucho trasiego a su alrededor mas no pudo mirar para percatarse de lo que ocurría. Notó que sus párpados pesaban más que de costumbre y que sus grietas eran aún más grandes y oyó chascar sus huesos una vez más. Por primera vez tembló de miedo y se sintió ciego en la soledad.

El ojo del cíclope permaneció cerrado mucho tiempo. Nadie limpió sus legañas, ni secó sus lágrimas. Nadie alimentó al gigante. La vida de la ciudad seguía, pero el cíclope ya no podía observarla.

Las enormes pestañas del ojo del cíclope se apelmazaron y sus párpados amenazaban con caer a la calle. La imagen de un gigante viejo y moribundo en la plaza enturbiaba la ciudad. La posibilidad de que en cualquier momento uno de los párpados de aquel inmenso ojo cayera al pavimento inquietaba a los habitantes que presentaron sus quejas ante el Ayuntamiento. Las autoridades decidieron entonces buscar alguna solución y una mañana, ayudados por una grúa, cubrieron con un parche enorme el ojo del gigante. Aquello fue el fin definitivo del cíclope. Abandonado por mi tía, sin alimento y sin luz, completamente ciego, el gigante murió… Y durante muchas vacaciones no supe nada más de aquel inmenso cíclope.

Volví después de varios años a la ciudad de mis veranos. Esta vez el asueto no era el motivo de mi viaje. Llevaba en mi maleta las sensaciones de la infancia y, en especial, todos los recuerdos que tenía de mi tía abuela. Pero volví con la mirada de adulto y no con la de niño. Y cuando bajé la calle enmarcada en soportales para alcanzar la plaza donde vivía el gigante, la realidad se impuso a mis evocaciones infantiles: un edificio gris, derruido y agrietado culminaba la calle.

Aquel enorme cíclope que cobraba vida en mi imaginación estival de niño, no era sino el imponente edificio en el que vivía mi tía y su ojo inmenso un maravilloso mirador acristalado con contraventanas de madera, desde el que ella y yo perdíamos las tardes contemplando todo lo que pasaba en la ciudad. A lo largo de muchos años de mi infancia había cobrado vida en mi imaginación aquella aventura del gigante, y aquel maravilloso mirador se había transformado en mi mente en un ojo enorme vigilante de la ciudad, con los tremendos párpados que parecían sus contraventanas. Mi tía había alimentado mi hazaña poniendo a mi disposición infinidad de historias, unas veces ciertas y otras inventadas, de todas las personas a las que veíamos pasar bajo nuestro estratégico balcón. Aquella casa antigua, cuyas vigas crujían y cuyas paredes se agrietaban, y su entrañable mirador cobraron vida durante años en mi mente infantil y se transformaron en un gigante viejo y cotilla, inquieto y curioso por la vida de su ciudad.

Mientras rememoraba la fantasía épica que había recreado en mi infancia, llegaron repentinamente los obreros del Ayuntamiento. Firmé no sé que papeles que ellos me mostraron intentando mantener la compostura y el pulso firme. Fue cruel soportar cómo las máquinas derribaban el edificio. Creí oír cómo gemía el cíclope aunque ya estaba muerto. Me estremeció oír de nuevo el crujido de vigas y cristales. Sentí que me quedaba ciego al ver como se estrellaba el mirador contra el suelo. Y supe que no volvería a mirar a aquella ciudad como cuando era pequeño. Agradecí que las gafas de sol ocultaran mis lágrimas y me tragué el dolor de haber crecido, pero quise guardar como un tesoro mis recuerdos. Y soñando, como cuando era niño, pude dar vida de nuevo a mi gigante para escribir este relato.


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IMAGEN DE PORTADA: El Ojo del Cíclope (Sondemer)

MÚSICA DEL ARTÍCULO: Sitting Down Here – Lene Marlin

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