FLORES EN EL RÍO ∞ POR RODRIGO DE TORRE ∞ (relato)


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ParisAnversoPocas cosas hay tan íntimas como las cartas. Hoy son esas grandes olvidadas por el correo electrónico, pero en cada una de ellas se escondía una historia, un universo vulnerable que se solía leer con fascinación y que se ha perdido para siempre.

John Donne, un poeta inglés del Siglo XVI dijo que “Más que los besos, son las cartas las que unen las almas”

Sin embargo, hubo cartas que nunca fueron leídas porque nunca llegaron a su destino, o mejor dicho, llegaron a un destino demasiado triste: La Oficina de Cartas Muertas o “Dead Letter Office”. Allí terminaban todas las piezas de correo que era imposible entregar a su destinatario y que, por falta de información, tampoco podían ser devueltas a su remitente. Eran miles al día las que llegaban a ese lugar pasando de mano en mano por un grupo selecto de funcionarios autorizados a abrir la correspondencia en busca de datos que pudieran rastrear el lugar en el que se encontrase el destinatario. Anillos para dedos desconocidos, billetes de banco en caridad a quien ya no podía comer, perdón para quienes murieron con la culpa y la esperanza de ser perdonados, o buenas noticias para quienes vivían desesperados por algún suceso.

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Dead letter office, probablemente en Washington, D.C.; Septiembre de 1922

La Dead Letter Office comenzó su andadura en Washington en 1825, y aproximadamente 90 millones de cartas sin destino acabaron en este crematorio. En esa oficina trabajó Bartleby, un joven pulcro, respetable y solitario. Estaba impresionado por los mensajes de cartas cuyo destinatario era desconocido. “Has sido papá de una preciosa niña”; “mamá ha muerto”; “Te amo, y espero que pronto estés conmigo”. Solía pensar en cómo serían aquellas personas, y en los días y días a la espera de un correo que nunca llegaría. Un día, Bartleby se escribió a sí mismo sin indicar dirección de destino ni remitente. Quería comprobar la eficacia del servicio estatal de correos.

“Hola Bartleby, -decía la nota –han sido muchos los años que han pasado sin escribirte. Espero que todavía sigas vivo cuando leas esta carta, y que sigas disfrutado de La Joven de la Perla que te regalé. Es un lienzo precioso, y tienes que saber que se trata del auténtico cuadro del pintor Johannes Vermeer. Su valor es incalculable.

Da un beso a tus hijos si los tienes.

Un buen amigo.”

Johannes_Vermeer_(1632-1675)_-_The_Girl_With_The_Pearl_Earring_(1665)

La Joven de la Perla, de Johannes Vermeer

Obviamente se trataba de un simple juego. Bartleby quería comprobar si los funcionarios hacían con eficacia su trabajo, o si destinaban al crematorio por simple negligencia multitud de cartas con mensajes vitales.

Transcurridos tres años, el domicilio de Bartleby fue asaltado. Todo estaba en perfecto orden, pero su copia del famoso cuadro había desaparecido. Bartleby renunció a su trabajo, se dirigió al río y lo sembró de flores, una por cada persona que habría muerto sin la noticia que tanto ansiaron.

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Herman Melville

Este artículo se inspira en la novela Bartleby, El Escribiente, de Herman Melville. Una novela que tuvo escaso éxito de público y crítica, pero cuya importancia en la historia de la literatura no ha dejando de aumentar desde que fue escrita en 1846. Se la considera como precursora del existencialismo y de la literatura del absurdo influyendo profundamente en la obra de Albert Camus.


“Bartlebys” son todos aquellos escritores o personas de distintos oficios que por variadas razones renuncian a su pasión.

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Leer texto completo de Bartleby El Escribiente