La Última Cena ∞ Leonardo ∞ Rodrigo de Torre

 


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Leonardo Da Vinci fue el héroe de mi infancia y aún hoy es para mí uno de los más grandes genios de la historia, me fascina.

Dicen que genio y locura se separan por un hilo muy delgado y un buen ejemplo de esta afirmación es la personalidad de Leonardo. Acudía a los mercados para comprar pájaros enjaulados con la única intención de dejarlos inmediatamente después en libertad, y a la vez era un temeroso de que robaran sus ideas y plagiasen sus obras. Escribía sus notas con la mano izquierda en una orientación concreta para que sólo pudieran leerse con un espejo. A menudo utilizaba códigos y claves para disfrazar sus ideas aún más. No sé si el hilo que separa genio y locura en algún momento se cortó con Leonardo pero su obra sigue impresionando a la humanidad.

Hoy quiero hablar de La Última Cena, una de la obras más importantes (si no la más) del arte universal. Su éxito se basa fundamentalmente en la fuerza psicológica de la escena que se centra en el momento en que Jesucristo anuncia la traición de uno de sus discípulos.

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Todos los personajes en la pintura tienen una reacción diferente: la cólera, la sorpresa, la incredulidad, la duda, la culpabilidad. Para plasmar tales gestos Leonado realizó un completo estudio del temperamento humano, utilizando en los rostros de los apóstoles modelos de la vida real.

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La Última Cena, es una pintura de casi 9 metros de longitud que empezó a deteriorarse aún en vida de su autor. Dicen que no dominaba la técnica del fresco, una técnica que requiere pintar sobre escayola antes de que esta se haya secado y que no permite repintes, ni bocetos. Particularmente no me lo creo. Para un hombre tan multidisciplinar como Leonardo, capaz de pintar la Gioconda que cuando miras a su boca parece que sonríe y cuando miras a sus ojos, la sonrisa se desdibuja, capaz de diseñar objetos avanzados para su época como un tanque o un submarino, es difícil que se le escapase una técnica como la pintura al fresco. Leonardo era hasta el extremo meticuloso y quizás por este motivo no utilizaba esa técnica de pintura que requiere rapidez sobre todo y no admite correcciones.

Elaboró sus propios pigmentos para La Última Cena, pero su mezcla no resultó ser lo que esperaba y la obra comenzó a deteriorarse muy poco tiempo después de ser pintada. Además, la pared donde estaba la obra en el refectorio de Santa María Delle Grazie en Milán, estaba expuesta a la lluvia y al viento, además de que una corriente de agua subterránea pasaba debajo de ella.

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En 1620, las fuerzas de ocupación españolas, abrieron una puerta en la pintura mutilando los pies del propio Jesús y alguno de los apóstoles, y 200 años después los soldados de Napoleón utilizaron el refectorio como cuadra.

De la pintura todos conocemos lo que se ha escrito. Son muchos los que hablan de códigos secretos, de las señales que Leonardo quiso dejar en ella para mostrar su falta de fe. Ha sido llevada a la literatura y al cine. Por eso no seré yo quien hable de supuestas claves, ni de la ruptura que supuso con obras anteriores que reflejaban La Última Cena del Evangelio Cristiano. Me interesa la personalidad de Leonardo, me interesa destacar que todos los genios son personas solitarias, aún cuando estén rodeados de personas. Leonardo a veces se dedicaba a la pintura de La Última Cena de sol a sol, olvidándose de comer y de beber, pero otras permanecía días y días sin tocar un pincel sólo contemplándola, con los brazos cruzados, examinando y criticando las figuras. Quiero pensar que en esas horas de contemplación estaba también pintando, mezclando en su mente colores, corrigiendo trazos, analizando gestos. Le veo sobre su andamio inmerso y abstraído en su obra. Y le veo al poco tiempo paseando por las calles de Milán, dibujando en un cuaderno que siempre llevaba atado a su cinturón rostros reales de personas y gestos que utilizaría después en los apóstoles y en Jesucristo. Incluso anotaba en el cuaderno conocido hoy como Códice Forster nombres de personas cuyas manos y rostros debían servirle como modelos para la representación de la obra. Leonardo describe con detalle las distintas reacciones de los discípulos ante el anuncio de la traición. Descripciones como: “Uno que estaba bebiendo deja la copa en su sitio y vuelve la cabeza hacia el orador” , otro “con dedos encogidos y cejas alzadas, se dirige a su vecino” . Según palabras del propio pintor “es un grave error repetir en una misma historia movimientos, rostros y ropajes”

1er grupo izquierda

El prior de Santa María Delle Grazie ante el caos en el que se había convertido su refectorio se quejó a Ludovico de la desidia de Leonardo y éste, enojado, contestó: “Sólo me queda para terminar el rostro de Judas, pero debe ser alguien con las características adecuadas. Si lo encuentro, terminaré la pintura en 24 horas y si no, utilizaré el rostro del propio prior, que bien pudiera ser el mismo traidor”

2do grupo izquierda

Jesús

2º grupo derecha

línea ojos

1er grupo derecha

Así era Leonardo, un hombre de vivos contrastes, un excéntrico indomable, un hombre audaz, un hombre que bordeó la herejía y la necromancia, un hombre tan dotado para tantas cosas que le era casi imposible centrase en ninguna de las que lo fascinaban y por encima de todo, un científico. Sus ideas fueron trágicamente desperdiciadas, perdidas durante siglos mientras el mundo se ponía a su altura y descubría lo ya descubierto. En Leonardo el ego queda sofocado casi por una necesidad neurótica de descubrir, de desentrañar el misterio de la vida.

“Preferiría perder la capacidad de movimiento que la de utilidad. Preferiría la muerte a la inactividad, nunca me cansaré de ser útil”

Leonardo firma

 

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