Libros y jugo de uvas ∞ POR RODRIGO DE TORRE ∞ (relato)

La lectura y la escritura, fueron en origen patrimonio de algunos privilegiados. Los libros se presentaban como un objeto precioso generalmente escritos con un lenguaje culto y en latín. Se confeccionaban en pergaminos cuya base eran las pieles de animales, especialmente de vacas y ovejas en la proporción de una oveja por cada hoja. Los escritores eran generalmente monjes y frailes que realizaban copias manuscritas replicándose por otros como consecuencia de encargos del clero, de reyes, y de nobles.

El pergamino cayó en desuso por la introducción que hicieron los árabes del papel en Europa, copiando la técnica que conservaban los Chinos en secreto desde el año 150 d.c. La primera fábrica de papel en España, fue instalada en el año 1150 y el éxito fue rotundo. El papel tenía menos cuerpo, se podía confeccionar en grandes cantidades y a bajo precio.

Johannes-Gutenberg1Sin embargo, el papel en sí mismo no permitía la difusión de las obras rápidamente y se hacía necesario comunicar las ideas y los conocimientos de forma masiva, con eficacia social y eficiencia económica. La respuesta se denominó IMPRENTA. Cierto es que existían formas de impresión anteriores a ésta, pero un orfebre nacido en 1397, llamado Johannes Genfleisch Zur Laden, que adoptó el nombre de GUTEMBERG, pidió a un prestamista 800 florines para imprimir 150 Biblias en menos de la mitad del tiempo de lo que tardaba en copiar una el más rápido de todos los monjes copistas del mundo cristiano, y apostaba además que sus copias no se diferenciarían en absoluto de las manuscritas por ellos.

Obtenido el préstamo confeccionó moldes en madera de cada una de las letras del alfabeto y los rellenó con hierro, creando así los primeros “tipos móviles” . La repetición de los modelos de letras, permitían imitar la escritura de un manuscrito. En total creó más de 150 tipos.

Pero le faltaba la “plancha de impresión” por lo que se le ocurrió adaptar una vieja prensa de uvas sujetado a ella el soporte con las letras dispuestas. Pero Gutemberg no calculó bien el tiempo que le llevaría poner en marcha su nuevo invento y los florines se iban agotando hasta no quedar ni uno. Solicitó un nuevo préstamo al mismo prestamista y éste, muy desconfiado pero también muy visionario, le entregó una nueva cantidad de dinero a cambio de entrar en sociedad con Gutemberg. El invento empezó a desarrollarse, pero tras varios años nuevamente se agotó el dinero sin que Gubemberg acabara las 150 Biblias prometidas, dando el prestamista por vencidos los créditos y quedándose con el negocio tras uno de los pleitos más sonados de la historia. Gutemberg salió de su imprenta arruinado, sin llegar a probar jamás el producto de su cosecha. El prestamista, terminó el trabajo, vendió las Biblias rápidamente, incluido el propio Vaticano, y llovieron los encargos de nuevas impresiones.

Actualmente a aquellas Biblias también se las conoce como las “Biblias de Gutemberg” o de 42 líneas, pues este era el número de líneas de cada una de sus 1282 páginas a dos columnas. Se calcula que utilizó 400.000 piezas de caracteres móviles y hoy son unos de los incunables cuyo precio en el mercado puede rondar los 3 millones de euros. De las 300 que fueron impresas, se conservan unas 40. En España se conservan dos, una incompleta en la Biblioteca Nacional de Burgos y otra en Sevilla.

Es irónico, pero las Biblias arruinaron a Gutemberg, que murió sólo y abandonado. Si levantase la cabeza, lo celebraría seguramente con una copa de vino.

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Primera página del Evangelio de Mateo en la Biblia de 42 líneas de Gutenberg depositada en el Fondo Antiguo de la Universidad de Sevilla. Foto: Luz Rangel.