MUJER DE AGUA ∞ POR RODRIGO DE TORRE ∞ (relato)


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Hay vidas que son un continuo torrente de trasparencia y luz, como el agua. Se asemejan a pompas de jabón que vagan en la atmósfera, nos fascinan por un corto periodo de tiempo y desaparecen para siempre.

Me había despertado inquieto, como si un sueño que no podía recordar hubiera quebrado mi descanso. Eran las 5:30 de la madrugada. El color rojo teñía el cielo y la lluvia repicaba en los cristales de mi ventana. Era el único sonido que alteraba el profundo silencio de la madrugada de aquel fatídico 24 de septiembre del año 2006. Observé ese inusual cielo abstraído por el sinsentido de la mezcla de rayos de sol y lluvia, hasta que poco a poco, mis ojos fueron concentrándose en la gotas de agua que dibujaban caprichosas figuras en el cristal, y pude apreciar nítidamente el rostro de una mujer. Dos estrellas enmarcaban sus ojos azules. Su pelo rojizo estaba formado por el agua que resbalaba absorbiendo los colores del alba. Encendí la luz y la mujer desapareció. Volví a apagarla y allí estaba, mirándome. Opté por mantener la habitación a oscuras y observar aquella figura. Sus ojos relucían y centelleaban débilmente, como si de un momento a otro fueran a apagarse para siempre. Me levanté, cogí un vaso, una de mis tarjetas de crédito y abrí con cuidado la ventana haciendo resbalar el plástico por el vidrio. El agua caía prisionera arrastrando a aquella dama. Me volví a quedar dormido poco tiempo después y al despertar, aproveché ese día para comprar algunos libros.

Estaba interesado en adquirir una recopilación de los poemas de Emili Dikinson, un total de 1775 poemas de los que sólo 8 fueron publicados en vida de la autora. Me gustan las librerías, paseárme entre los títulos siempre sugerentes de cada obra, imaginando los secretos que se esconden en sus pliegues. Y no sé qué pasó entonces, pero de repente, algunos tomos cayeron al suelo atrayendo la mirada de algunos curiosos. Uno de de los libros captó poderosamente mi atención. El título era “La Hermana”, una obra de Paola Kaufmann, dedicada a las hermanas Emili y Lavinia Dikinson. Abrí el libro y mi sorpresa fue mayúscula al ver la foto de la autora. Lo había olvidado completamente, pero era ella, la mujer de agua de mi ventana. El pelo rojizo, los ojos azules…

Paola Kaufmann

Paola Yannielli Kaufmann

Paola había estudiado biología, era doctora en neurociencias y la novela que tenía entre mis manos había obtenido el prestigioso galardón Casa de las Américas. En 2005, había ganado el Premio Planeta por su novela “El Lago”. Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue dirigirme a mi habitación para comprobar que mi vaso, con la dama en su interior, estaba todavía allí. Lo situé a mi lado mientras leía su libro esperando que algo se me revelase, pero nada ocurrió. Al día siguiente, con el mismo sinsentido que me venía atrapando aquel fin de semana, escuché la terrible noticia. Paola Kaufmann había fallecido el día anterior a la edad de 37 años en Buenos Aires, víctima de un cáncer.

En biología, la ciencia de Paola, se llama taxonomía a la asignación de una identidad a grupos de cosas que tienen unas características comunes. Ahora, cuando veo llover, pienso que Paola, forma parte de esa identidad que es el agua, un elemento esencial para todas las formas conocidas de vida, aunque ella físicamente ya no esté.

Terminé de leer su libro, cogí el vaso, deposité unas gotas de líquido jabonoso e introduje un pequeño tubo de plástico en él. Lo extraje y soplé por el otro extremo. Una pompa empezó a formarse y suavemente se desprendió vagando plácidamente en la atmósfera, libre, hasta que al poco tiempo desapareció para siempre, sustituyendo su presencia líquida por lágrimas en mis ojos y supe que por siempre, Paola, vivirá en mi y en cada ser humano cuando llora.

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