William Uthermohlen y la hoja de árbol ∞ POR RODRIGO DE TORRE ∞ (relato)

William

Nunca olvidaré el frío invierno del año 2000. Los carámbanos de las balconadas amenazaban con caerse como puñales. El frío era tan intenso, que entré en una cafetería para recuperar algo del calor perdido. Una vez en el interior, desde el gran ventanal podía observar el bullicio de la gente afuera. Me llamó la atención uno señor de unos 60 años, que sin abrigo, caminaba de un lado a otro de la acera. Al llegar a cada extremo, giraba sobre sí, y emprendía el camino hacia el otro lado; se paraba a la altura de un árbol, se agachaba, recogía algunas hojas del suelo y las introducía en el bolsillo. Así una y otra vez. Como si fuese un autómata al que el frío no parecía afectarle. La gente no reparaba en él, pero desde dentro de la cafetería era como si yo pudiera manejar un botón de pausa deteniéndome a observar. Nadie llamó mi atención como él, que seguía repitiendo sus movimientos milimétricamente.

Sin pagar mi consumición, me dirigí a su encuentro.

-Buenos días -le dije. -Hace mucho frío. Pero no respondió. Se limitó a mirarme aterrado, sin pronunciar una palabra. Le tomé del brazo y volví a entrar en la cafetería con él. -Uno, seis, uno, ocho -dijo. -¿Cómo?, -pregunté sin entender. -Uno, seis, uno, ocho, cero, tres. Iba añadiendo cifras a medida que cogía cada una de las hojas secas que llevaba en su bolsillo y a la vez, trazaba con sus dedos un círculo en el aire partiéndolo con un gesto vertical por la mitad.

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-Uno, seis, uno, ocho, cero, tres, tres, nueve. -decía. -Tómese el café -le animé, mientras cogía su mano. Estaba gélida. Bebió un sorbo cerrando los ojos y pude observar que en su muñeca llevaba una pulsera con su nombre, William, y un número de teléfono. Comprendí entonces que era un enfermo de Alzheimer. Marqué el teléfono y a los pocos minutos, su esposa Patricia, visiblemente preocupada, vino en su busca. Me explicó que era William Utermohlen, un afamado pintor que padecía la enfermedad mortal. William, desahuciado de la vida, invisible para la multitud que transitaba junto a él, únicamente conservaba en su menoría el número áureo, el número de oro en el arte. Este número está presente en multitud de elementos de la naturaleza, como en la nervadura de las hojas de un árbol, o en la espiral de una caracola.La percepción que todos nosotros tenemos de la belleza, radica en la proporción áurea. Lo que más se aproxime a este número y proporción, más bello nos parece. Lo vemos en arquitectura, en pintura, en música, e incluso en nosotros mismos. El cuadro de Salvador Dalí, Leda Atómica, se hizo en colaboración con un matemático rumano, y se basa en la proporción áurea, pero también lo encontramos en la Torre Eiffel, o en el rostro de la Gioconda, en obras de Miguel Ángel, en las partituras de Mozart, o en la 5ª Sinfonía de Beethoven. por ejemplo. William no recordaba quien era, pero sí el número mágico. Murió en el año 2007, y nunca dejó sus lienzos. Es aterrador observar sus autorretratos desde 1967. Cuando aprecié el último que hizo en el año 2000, supe que William era bello. El arte superaba su enfermedad. Los ojos de su último autorretrato eran dos puntos negros en el interior del número áureo… El círculo partido con una barra vertical que William, me dibujó en el aire.